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La ciudad pintada

La ciudad pintada

La pared y la muralla son el papel del canalla.
Refrán popular

Pero no solo son el papel del canalla. También son el papel del que no tiene otro medio de comunicarse con el mundo; del que vive en obligado silencio la angustia diaria de un régimen represivo; del que necesita expresarse a través de lo que considera una obra artística no apreciada; del que cree que su única posibilidad de ser reconocido es verse reflejado en letras, líneas o manchas sobre un muro blanco.

El grafito suele ser un texto escrito. También se asimilan a esta categoría dibujos o murales, aunque el columnista de El Tiempo Armando Silva los clasifica en una categoría aparte: “arte público”. Y algunos incluyen además como grafiti las rayas y garabatos que solo pretenden perjudicar objetos y gentes, agredir la arquitectura y contribuir a la contaminación visual deteriorando más el ya maltrecho paisaje urbano. Esto se llama vandalismo.

Los grafiti escritos son generalmente opiniones políticas, gritos de angustia, agresiones personales o expresiones de humor, a veces no muy inofensivos. Marta Ruiz, en su columna sobre el tema en la revista Arcadia, Defensa de la pared (pintada), cita un grafito agresivo y cruelmente regionalista: Haga patria, mate un costeño.En Cali, amaneció un día otro odiosamente racista e igual de políticamente incorrecto: Mate un negro y reclame un yoyo. Esto es humor negro.

Un ejemplo de humor inofensivo es el que dice: Mi abuelita dijo no a la droga… y se murió, o Aristóteles compró una camioneta con platón, o Yo también sé que nada sé, pero no me jacto, o Busco sexo opuesto; o sexo, o puesto.Y textos aparentemente ingenuos al escribirlos –Lo que antes nos unía ahora nos separa–que al leerlos se vuelven pornográficos.

Los grafiti invaden la propiedad privada y afectan el espacio público, por lo cual están teóricamente prohibidos. De allí el clásico Ahí viene la poli… Pero cada país reacciona en una forma diferente que va desde la completa represión, hasta la máxima permisividad e inclusive hasta la promoción: en Brasil, por ejemplo, con motivo del Campeonato Mundial de Fútbol convocaron artistas para pintar cuatro kilómetros lineales de grafiti. Si no puedes derrotarlos, únete a ellos. En cambio, en Bogotá la política es simultáneamente de represión y permisividad: una noche la policía mató un grafitero, y otro día Justin Bieber hizo un grafito con la anuencia y la vigilancia de la misma policía, porque es un artista. Lo que no sabían las autoridades es que Bieber no es un artista plástico sino un niño bonito que interpreta canciones para estudiantes adolescentes de colegios bilingües. La protesta de los grafiteros locales no se hizo esperar y se lanzaron a intervenir cuanto muro encontraron, con la legitimidad que da una contravención no castigada.

La administración de Bogotá ha tratado de reglamentar los grafiti por medio del acuerdo 482 de 2011 y del decreto 75 de 2013, al reconocerlos como un nuevo fenómeno artístico y cultural que exige la definición de nuevos espacios institucionales. Propone que se establezcan sanciones acordes con la gravedad de la contravención, e intenta analizar el fenómeno por fuera del enfoque exclusivamente delictivo.

Para quien se considera un artista plástico, desconocido y sin acceso a las galerías prestigiosas y a los altos círculos sociales, tener la oportunidad de exhibir su obra en una galería gratis con millones de “visitantes” cautivos es una tentación demasiado grande que justifica correr el riesgo de unas eventuales horas de cárcel. Pero como la calle es una galería sin curadores, esos millones de “visitantes” obligados pueden disfrutar de una buena obra de arte o les toca padecer resignados la presencia de otra de pésima calidad.

Los eventuales millones de espectadores forzosos y el invento del aerosol han hecho que prolifere el grafito político compitiendo con el aburrido tuit, arma privativa de políticos y expresidentes camorristas. También permitieron que durante la dictadura uruguaya –entre 1973 y 1985– se hicieran famosos dos grafiti: uno en Montevideo que decía: Hay tres tipos de uruguayos: los enterrados, los desterrados y los aterrados, y otro en el aeropuerto que rezaba: El último que salga, apague la luz.En Bogotá, durante la alcaldía de Enrique Peñalosa, mientras se adelantaban las obras del transporte masivo Transmilenio, bolardos, andenes, colegios y bibliotecas, apareció un día en letras negras sobre fondo blanco una frase que decía: No más obras. Queremos promesas, y otra en la Universidad Nacional: Capitalismo: tus milenios están contados.

La ciudad oculta habla por sus grafiti y la necesidad de expresión supera la capacidad de represión. Si la ciudad desapareciera –cosa que, al paso que vamos, podría ocurrir– se convertiría en ruinas y solo quedarían pedazos de muros. Pero los grafiti no desaparecerían pues mientras haya ciudadanos inconformes y muros o pedazos de muros, habrá grafiti o pedazos de grafiti.

* Foto de Diana Drews.

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Giros lingüísticos para el Colón

Enero 22 de 2014

Justo en la última semana del 2013 tuvimos una novedad patrimonial importante: la Delegada para Asuntos Civiles de la Procuraduría convocó a una reunión con representantes del Ministerio de Cultura, el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural y la Universidad Nacional. La invitación tenía dos temas: el Teatro Colón y el Parque de la Independencia. El tiempo sólo alcanzó para uno, así que mientras se abre el espacio para el otro, resumo los intentos del Ministerio para ocultar los enredos del Teatro.

1. Ampliar el Colón. El Ministerio presenta con orgullo su proyecto de “ampliación” del Colón para lograr una sede para la Sinfónica de Colombia y un centro de producción teatral autosostenible. La “ampliación” no pasa de un nominalismo publicitario porque el edificio que se construirá es nuevo de punta a punta y porque espacialmente no tiene relación alguna con el teatro original. Una ampliación sería la extensión de uno o varios espacios como el vestíbulo, la platea o los palcos. O de los camerinos, la cafetería o los vestuarios. La obra proyectada, y que fue motivo de un concurso internacional, es simplemente un edificio anexo presentado incorrectamente como una ampliación.

2. Modernizar el escenario. Una modernización sería lo que ya se hizo con los palcos al quitarles el papel de colgadura o con la platea al redistribuir y cambiar la silletería. Pero con el escenario no vamos a ver ninguna modernización sino una demolición total de lo que había para hacer algo tan nuevo como el edificio motivo del concurso: un escenario y una tramoya nuevos desde los cimientos. Para matizar el hecho de haber destruido la caja escénica original y para demostrar que la novedad era indispensable, la argumentación se ampara en la supuesta voluntad del finado Pietro Cantini, quien “siempre consideró que el lote era demasiado pequeño”. Es probable que Cantini también se haya quejado porque no le dieron un lote en la Plaza de Bolívar o una manzana entera para hacer un edificio exento, como en Milán o Buenos Aires. Pero le dieron lo que le dieron y el teatro quedó como quedó. Según algunos expertos locales en música y teatro, la caja escénica podría haberse quedado como estaba por otros cien años. Y para los que vemos el teatro como una pieza arquitectónica, debió haberse quedado así por doscientos: intervenido y mejorado hasta donde lo permiten los principios de conservación patrimonial que buscan respetar la integralidad de ciertos edificios. El escenario bien pudo haberse «ampliado» y «modernizado», sin necesidad de haber evaporado la pieza original.

3. Respetar el Stella. La tercera de las inversiones de significado dice que el nuevo edificio le hará “la venia” al Edificio Stella, un edificio de la década de 1940 que también está protegido patrimonialmente. El truco está en aprovechar la condición “patrimonial” del Stella para desviar la atención que presenta la desmesura del edificio vecino al Stella, el de la Universidad Autónoma de Colombia –que no es patrimonial y que además tiene un añadido irreglamentario– para tomarlo como referencia de “empate”. Es curioso cómo para el Ministerio, algunas “casuchas” de la vecindad no merecen concesión alguna y demolerlas es un deber patriótico, mientras el edificio de la Autónoma merece todos sus respetos. Se trata de un edificio que bien podría desaparecer o por lo menos quedar rebajado en tres pisos de altura. Sin embargo, no se menciona la Autónoma sino el Stella porque el exbrupto de la Autónoma sirve para desviar la atención de otros dos exabruptos: la demolición secreta de la caja escénica y la acomodación a la fuerza de un programa de nuevos usos que sencillamente no cabe en el lote.

4. Un centro de producción teatral autosostenible. Dejando de lado la inaudita desaparición de los elementos patrimoniales producidos por la destrucción de la caja escénica, saltan a la vista la sostenibilidad económica de la obra y la supuesta planeación estratégica que fundamentó la audaz decisión de demoler el escenario tradicional para construir uno altamente sofisticado y varias veces más grande. A través de Arcadia nos han informado que la idea es hacer del Colón un gran teatro de producción propia y autosostenible, dotado con una nueva escena del tamaño y características del Teatro alla Scala de Milán (año 2002, arquitecto Mario Botta). Dicen los comunicados que el Colón pasará de ser un teatro que se alquila a diferentes empresarios que promueven sus propios eventos, a una empresa que autogenera sus propias producciones. En otras palabras, que la amortización entre los costos de producción de un evento y la venta de boletas correrán por cuenta del teatro. Si consideramos que el aforo del Colón es de 900 sillas, contra las 2.800 que tiene la Scala, habría que vender la boletería al triple del precio o triplicar el número de funciones. Pero quedémonos con un ejemplo local: el de la “La Octava Sinfonía de Mahler” interpretada por cerca de 400 músicos en escena en octubre de 2011 en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán. Esta magnífica presentación ilustra la dificultad de emular un gran teatro: se trató de una súper producción en la que el equilibrio entre las 1.745 sillas de aforo y el costo del evento –con la ayuda del Estado y algunos patrocinios– se logró en una sola función. A esta limitación habría que añadir la dificultad de enfrentar los inconvenientes para ubicar toda la orquesta, proporcionados por la relativa estrechez de los 14 metros de la boca del Jorge Eliécer, comparados con los inalterables 10 metros de boca del Colón. Parecemos estar frente a una exacerbación parroquial cuyo fundamento descansa en los consejos de unos asesores dexcontextualizados, pero expertos en acústica.

5. Polémicas y grandes cambios. Hablando de desinformar y tergiversar las cosas, las “polémicas” no son como informa Arcadia por “sobrecosto y demoras en la entrega” sino por detrimento patrimonial cultural. Y “el gran cambio” tampoco es como lo minimiza Arcadia –»el reemplazo de la tradicional lámpara del Teatro”– sino la desaparición de la caja escénica.

Mientras siguen las pautas de opinión y mientras la Delegada para Asuntos Civiles de la Procuraduría se informa para decidir si se trata, o no, de la misma ligereza administrativa y del mismo tipo de maltrato patrimonial, el Ministerio no se detiene y nos informa en El Tiempo, una vez más, lo mismo que dice para cualquiera de sus intervenciones: que el proyecto es una maravilla y que todo lo que han hecho es como la Operación Jaque.

 

Juan Luis Rodríguez

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Crucero para el Parque Bicentenario

Noviembre 26 de 2013

. . . Y todavía hay gente que piensa que el Parque Bicentenario es el producto de una mente genial que se ha ganado muchos premios; que los sobrecostos de la obra no tienen que ver con el cartel-carrusel de la 26 porque no la hicieron los Nule; que si el Ministerio de Cultura dice que todo bien todo bien es porque así es; y que Transmilenio está parado por cuenta de la necedad de unos habitantes de las Torres del Parque, empecinados en que la ciudad no progrese. . .  ¿Cómo no va a ser de este modo, si lo dicen El Tiempo, la W, Arcadia y todo el mundo?

Opiniones como estas lo único que prueban es que Charles Wright Mills le puso la cola al burro al diferenciar entre recitar opiniones y expresarlas, bien por escrito o por radio o en imágenes, con las que se impacta más y se ahorra tiempo. En este caso, la campaña publicitaria del “nuevo” diseño está basada en enganches de cajón como el del Maestro, tanto como en dibujos engañosos que demuestran lo que hubiera podido ser pero ya no puede ser, simplemente porque los niveles de las plataformas construidas no lo permiten; a menos, claro, que se demuelan, se hunda la vía y volvamos a empezar.

En las reuniones para ver cómo será la estrategia de medios para hacer públicas estas mentirillas, el problema se resuelve con un «tranquilos que’l papel aguanta todo». Entonces, como parte de la nueva estrategia para convencer al público a través de la prensa, viene la fastidiosa invocación al Salmona, el Maestro, como origen del proyecto. La falacia es muy simple: él tuvo la genialidad y nosotros, como sus discípulos, nos hemos limitado a desarrollarla.

Para los desinformados, lo primero que buscaba el poyecto de Salmona era “recuperar” la entrada principal de la Biblioteca Nacional sobre el Parque de la Independencia. Para logarlo había que modificar drásticamente los niveles de la 26 y las tuberías del acueducto. Si esto no se hizo –y ya es imposible hacerlo– por costos, por estética, por capricho o por el motivo que sea, ello no permite el abuso de reclamar una misma Idea. La nueva podría ser incluso mejor, pero no tiene nada que ver con la concepción original. Además, la plataforma propuesta por Salmona era una sola, continua e inclinada, y estaba localizada entre la Biblioteca y el Museo de Arte Moderno. Cubrir una vía no fure nunca la “idea” de Salmona, sino hacerlo de un cierto modo, que por si los publirreporteros no lo saben, no tiene absolutamente nada que ver con la “idea” que se desarrolló.

Hablando de ideas, y de burros, con ayuda de la columna Andrés carne de burro en El Espectador, propongo una salida para el estancamiento del llamado Parque Bicentenario. Empecemos por verlo así: ¿en qué se parecen la insinuación de Andrés Jaramillo –que una estudiante en minifalda está buscando líos– y la afirmación de la Ministra de Cultura al firmar una resolución culpando a los residentes de las Torres del Parque por no haber cumplido con un “deber constitucional”? Dicho de otro modo: ¿qué relación hay entre una estudiante que es tratada públicamente como una casquifloja y unas personas que por pedir que se respete un patrimonio urbano reciben tratamiento de infractores?

Se debe, estoy casi seguro, a que uno y otra se rigen por unas máximas similares. Una social que se resume en la pregunta: “¿usted no sabe quién soy yo?”; y una jurídica: “la mejor defensa es convertir al agredido en bandido”. Cuesta trabajo aceptar que alguien en su sano juicio pueda ser tan burro pero ahí estamos. Jaramillo ha hecho lo posible por sacar la pata pero la Ministra cada vez la hunde más, aferrada a que todo lo que hace el Ministerio no es legalizado sino legal.

Si de modificar el proyecto se tratara, y asumiendo que la Biblioteca Nacional ya se quedó así, yo estaría parcialmente de acuerdo con lo propuesto por “un grupo de arquitectos independientes” para remediar el impasse: tumbar dos o tres de las plataformas actuales y terminar el resto, y así evitar la invasión del Parque de la Independencia con rampas y jardineras superfluas. Además, invitaría al Distrito a incorporar al proyecto los parqueaderos de Inravisión y del MAMBo, para hacer que el parque empiece en la calle 24. También dejaría de llamarlo Parque Bicentenario y buscaría la forma de recordar que este sitio fue un bosque sagrado para los Muiscas.

Desafortunadamente, para un nuevo proyecto con las anteriores características necesitaríamos que el Ministerio de Cultura actuara como protector del patrimonio, lo cual es una quimera en manos de la administración actual, empeñada en salir de lo que se le ha vuelto una minifalda a la que identifican públicamente como la comunidad, y en privado como unas señoras desocupadas. Por eso, antes de hablar de nuevos planes necesitaríamos un doble giro: un cambio de Ministra y permitirle a la nueva que con fondos del Ministerio le regale a su antecesora un crucero por algún mar lejano.

Desde luego, andemás de otra Ministra necesitaríamos otro contratista, otro arquitecto, otros abogados y otros medios de comunicación. Pero lo fundamental es otra cabeza para la cultura, en cuyo cerebro esté claro que una de sus labores es proteger el patrimonio arquitectónico y urbanístico de la ciudad. Lo demás vendría por añadidura.

Mientras aparece esta nave del olvido providencial, asistiremos a más de lo mismo: abogados defendiendo el buen nombre de su cliente, eludiendo pruebas de inocencia y acusando al acusador; campañas publicitarias disfrazadas de información en la revista Arcadia; e inversiones del lenguaje como reclamar Detrimento patrimonial económico por haber invertido 17 mil millones en el Parque Bicentenario, en lugar de haber malgastado 17 mil millones en el Detrimento patrimonial cultural del Parque de la Independencia.

Juan Luis Rodríguez

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Falso Colón

Noviembre 7 – 2013

Según El Espectador, al proyecto ganador del concurso para la «ampliación» del Teatro Colón, le «Recortamos volumen y perdimos dos pisos de altura». No sabe uno si estamos ante un lamento o ante el reconocimiento de una virtud pero el hecho es que le bajaron dos pisos al proyecto. Está por verse si el recorte se llevará hasta el final o si en la entrevista de celebración dentro de un año nos enteraremos que «Hicimos todo lo posible pero no se pudo». Por lo pronto, asumo que el cambio se debe a que entre el Ministerio de Cultura y la Sociedad Colombiana de Arquitectos -SCA- entendieron que la forma urbana anterior era desproporcionada y corrigieron el encargo. Esperemos que así sea y que el nuevo teatro y la nueva sede para la Sinfónica de Colombia sean lo que se merecen la orquesta y el centro histórico. Un aplauso por el destello de sensatez.

También tendremos, en palabras de la arquitecta ganadora, un edificio contemporáneo porque «pensamos que respetar el patrimonio no es tratar de imitarlo[…] Tiene unas fachadas muy neutras y unos materiales muy sobrios. Son materiales durables en el tiempo, concreto, vidrio, madera, que no intentan parecerse al teatro sino darle valor». Esto ya no es sensatez sino sentido común. Que el lenguaje sea “contemporáneo” es lo mínimo que se puede esperar para evitar el pastiche.

Lo más sorprendente de la entrevista es la celebración del Edificio Stella: «por la parte de atrás nos ensamblamos con la Universidad Gran Colombia, a la que se le va a respetar el edificio Estela, que también es patrimonial». Así la morfología haya mejorado, no deja de ser una barbaridad tomar este edificio como punto de referencia, considerando que para cualquier transeúnte de la carrera 6 es evidente que la parte de atrás de la Catedral ya es bastante desproporcionada y que los edificios Stella y Universidad Autónoma de Colombia, comparados con la muralla colonial, son un par de alienígenas. El hecho en este caso es que la pared de la Catedral es una parte esencial del edificio, fue hecha hace siglos y tomarla como referencia hubiera servido al menos para dignificar el nuevo conjunto. Pero el Ministerio necesitaba camuflar el enorme volumen de la nueva tramoya, de modo que la mejor estrategia era sacar a relucir el valor patrimonial del Stella, olvidarse de la carrera 6 y omitir la vulgaridad de la Autónoma.

Lo que ya pasa de barbaridad a mentira es que el nuevo proyecto sea una ampliación del Colón. El teatro no se puede ampliar, más allá de lo que ya se amplió en capacidad a través del aumento de algunas sillas en la platea y de lo que se está haciendo con el nuevo escenario y la nueva tramoya. La «ampliación» será un nuevo edificio, sin más relación con el viejo teatro que una o dos puertas internas de comunicación. Una construcción aparte que funciona como un distractor para esconder la demolición de la caja escénica original: una obra en construcción, probablemente magnífica en términos teatrales, pero altamente cuestionable desde un punto de vista patrimonial por cuanto desfigura una parte esencial del edificio. En realidad, desfigura otra parte esencial, que se suma al turupe llamado «atrio» que modificó la fachada por la calle 10, como si se tratara de construir una casita de muñecas para la hija en el jardín de la casa.

En resumen, al Colón primero le pusieron un atrio y le recortaron la fachada, luego le «modernizaron» la platea y los palcos y después vinieron la demolición de la caja escénica, el nuevo escenario y la nueva tramoya. Hasta acá la ampliación. Luego, para parecer legales y tranquilizar la conciencia de sus «protectores», le hicieron un Plan Especial de Manejo y Protección -PEMP- de emergencia, con el fin de seguir adelante con el sueño de convertir el lote de la calle 11 en una sede de la Sinfónica. Así, vía concurso público internacional, organizado por la Sociedad Colombiana de Arquitectos, lo que está en curso, además de la «ampliación», es la legitimación a posteriori de todo lo hecho hasta el momento, a través del concurso y de un PEMP extemporáneo. Una obsesión que obnubila al Ministerio, hasta el punto de no entender que una cosa es desfigurar un edificio patrimonial y otra cosa es construir un edificio contemporáneo al lado de un edificio patrimonial.

No se necesita alta matemática para comprender que una cosa sería hacer un diminuto edificio de seis pisos, en medio de torres de veinte pisos; y otra, hacer el mismo edificio en el pequeño centro histórico de Bogotá. En primer semestre de arquitectura se aprende que la proporción -no el lenguaje- es una cualidad de la arquitectura que se precia de ser respetuosa. También se aprende que hay arquitecturas para las que lo importante son la novedad y la singularidad, al costo que sea.

Por contraste, tratándose del Parque de la Independencia que sí merecía una «ampliación», al Ministerio en su afán de novedades le pareció legítimo autorizar la usurpación de un pedazo de éste para anexarlo al llamado Parque Bicentenario. Invasión que según el Ministerio, en su último intento por justificar lo injustificable, es culpa de los residentes de las Torres del Parque porque “no cumplieron con su deber constitucional de hacer un PEMP”.

En conclusión, con semejante Ministerio y con semejante gremio de arquitectos, todo indica que seguiremos en la era del pupitrazo patrimonial. Una vez más: con funcionarios así, para qué enemigos.

Juan Luis Rodríguez

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Arquitectos del continente condenan Parque Bicentenario de Bogotá

Bogotá, septiembre 30 de 2013

Los abajo firmantes, arquitectos de América Latina reunidos en la décimo quinta versión del Seminario de Arquitectura Latinoamericana, SAL 15, un encuentro bianual que convoca a los profesionales de la arquitectura y la ciudad del continente a fin de compartir experiencias, confrontar iniciativas en relación a desarrollos disciplinares de toda índole y analizar los aconteceres urbanos que afectan de manera significativa el devenir de nuestras ciudades, hemos considerado un imperativo ético emitir un pronunciamiento público en relación al proyecto denominado “Parque Bicentenario”, el cual se construye actualmente en el costado oriental de la emblemática Calle 26 del centro de Bogotá.

La circunstancia de constituirse el área en mención como un espacio urbano que reúne una singular densidad de valores culturales, paisajísticos y arquitectónicos, entre ellos la sede del Museo de Arte Moderno de Bogotá del arquitecto Rogelio Salmona, el edificio Embajador de Guillermo Bermúdez Umaña, La Biblioteca Nacional y el Quiosco de la Luz, bienes todos de interés cultural de la nación, además del Parque de la Independencia que junto a las Torres del Parque constituyen un conjunto patrimonial y paisajístico de excelsos valores tanto para el vecindario y la misma ciudad capital, como para el país y el continente en su conjunto, constituyen evidencias que nos obligan a formular el presente comunicado dirigido a las autoridades de la ciudad, a los medios de comunicación, universidades, organizaciones gremiales y ciudadanía en general.

Creemos unánimemente y sin lugar a duda alguna que el proyecto llamado Parque Bicentenario constituye una obra pública depredadora de su entorno, dilapidadora de recursos públicos e innecesaria como operación urbanística.

A la notable desproporción de la intervención desplegada sobre un frágil lugar urbano que se distinguía por haber sedimentado en el tiempo un conjunto testimonial de especial valor cultural y belleza ambiental, se suma su condición invasiva y la desproporción de su escala, la inexistente atención al lugar que se traduce en los reiterados espacios residuales que genera, adversidades todas que se suman al hecho de no derivarse de un concurso público como demanda la ley, ni haberse socializado oportunamente con la ciudadanía y con la comunidad afectada, la cual ha sostenido a lo largo de muchos meses una ejemplar resistencia activa al proyecto, sin que las instancias jurídicas ni las mismas autoridades de la ciudad hayan resultado sensibles al enorme estropicio urbano que representa la conclusión de las obras relacionadas con el presunto Parque.

Es para nosotros claro que conjunto de valores que reúne de manera tan emblemática el área urbana inmediata al proyecto, demanda de la ciudad unas operaciones urgentes y profundas, preferiblemente a través de convocatorias abiertas, que reconozcan y pongan de relieve los peculiares atributos del sector como un excepcional conjunto ambiental, urbanístico y arquitectónico.

Nos preocupa por último que la reciente campaña de las autoridades de la ciudad y de los medios de comunicación en dirección a pretender justificar la conclusión del Parque Bicentenario, ignora las enormes dudas que en vastos sectores del medio académico y profesional se han formulado reiteradamente en relación a este caso y al manejo del espacio público de nuestras ciudades en general, libres ojalá de innecesarios protagonismos de autor además de poco éticos ocultamientos de la realidad, tal como acontece en este caso cuando a través de cuestionables medios gráficos, se presenta ante la ciudadanía imágenes ficticias de un proyecto que en nada se corresponden con su previsible realidad.

Firmado en la sesión final del SAL 15, ciudad de Bogotá, Septiembre 29 de 2013.

Siguen firmas, nombres y país de origen:

Arq. María Dolores Muñoz – Chile

Arq. Juvenal Baracco- Perú

Arq. Gustavo Medeiros- Bolivia

Arq. Mariano Arana- Uruguay

Arq. Margareth Silva Pereira- Brasil

Lic. Louise Noelle Gras- México

Arq. Eduardo Tejeira Devis- Panamá

Arq. Omar Rancier- República Dominicana

Arq. Gustavo Luis Moiré- República Dominicana

Arq. Jorge Hampton- Argentina

Arq. Lorenzo Fonseca Martínez- Colombia

Arq. Leonel Pérez Bustamente- Chile

Arq. Patricia Méndez- Argentina

Arq. Pablo Fuentes Hernández- Chile

Arq. Hernán Ascui F. – Chile

Arq. Ana Esteban- España

Arq. Hugo Segawa- Brasil

Arq. Alejandro Ochoa Vega- México

Arq. William García Ramírez- Colombia

Arq. Claudia Burgos- Colombia

Arq. Nelson Inda- Uruguay

Arq. Carolina Salazar Marulanda- Colombia

Arq. Jorge Ramos de Dios- Argentina

Arq. Sandra Reina Mendoza- Colombia

Arq. Mario Sabugo- Argentina

Arq. Benjamín Barney- Colombia

Arq. Rodolfo Santa María- México

Arq. Pedro Belaúnde- Perú

Arq. Beatriz García Moreno- Colombia

Arq. Sergio Trujillo Jaramillo- Colombia

Arq. Silvia Arango Cardinal- Colombia

Arq. María Elvira Madriñán- Colombia

Arq. María José de Azevedo- Brasil

Arq. Ramón Gutiérrez- Argentina

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Propuesta para el Parque Bicentenario

Septiembre 21 – 2013

En Bogotá, el 19 de noviembre de 2012, un grupo de arquitectos independientes nos reunimos con el ánimo de proponer una salida al impasse del Parque del Bicentenario.

Consideraciones

– Somos conscientes de la importancia que reviste el espacio del Parque de la Independencia para la historia de Bogotá y para la vida urbana contemporánea. También de la necesidad de que el Parque del Bicentenario se resuelva de la mejor manera posible y de los graves perjuicios que para todos los ciudadanos significa la parálisis de las obras.

– Luego de estudiar los planos del llamado “Parque Bicentenario” y de observar las obras realizadas, hemos llegado a la conclusión de que este proyecto, tal como está previsto, es inviable y desfavorable para la administración distrital, y causará enormes perjuicios al entorno urbano y a la ciudadanía.

– Ya se ha adelantado la construcción de cinco plataformas en concreto que evidencian su impacto tanto en el costado norte (Parque de la Independencia, área de influencia de dos bienes de interés cultural de carácter nacional: el Conjunto El Parque y Templete de la Luz) como en el costado sur, que está bordeado por tres construcciones importantes: el edificio Embajador, el Museo de Arte Moderno con su futura ampliación y la Biblioteca Nacional y su ampliación; es importante resaltar que este último edificio es un bien de interés cultural de carácter nacional. Los muros que se han construido en el costado sur como remate de las plataformas, en la parte oriental y hacia la carrera 5ª, alcanzan una altura de 8 metros, bordeando un andén de escasos 2 metros, y hacia la parte occidental se levantan hasta 2 metros de altura.

– La intención de la presente propuesta es rescatar lo que se pueda de las construcciones ya hechas, liberar el frente del Museo de Arte Moderno e impedir intervenciones inadecuadas a ambos lados del Templete.

Propuesta

a. Demoler las plataformas localizadas en el costado oriental del proyecto, que para fines de esta propuesta se conocerán con los números 1 y 2.

b. Demoler la plataforma número 5 construida en el costado occidental del proyecto y no hacer la que aún falta por construir en este costado, para rebajar la altura de la plazoleta prevista sobre la carrera 7ª.

c. En las plataformas 3 y 4 que permanecerán, no superponer otras estructuras que aumenten la altura y formen callejones susceptibles de convertirse en focos de inseguridad.

d. Solicitar a la firma contratista Confase que, en conjunto con el arquitecto proyectista, acepten completamente esta propuesta y terminen las plataformas que se conservan y desarrollen un nuevo proyecto sin elevaciones innecesarias de manera que no creen nuevos problemas a la ciudad.

e. En caso de que la firma y el proyectista se nieguen a aceptar la propuesta, solicitar a las autoridades distritales rescindir el contrato con Confase y convocar un concurso (abierto o cerrado) en el que se seleccionen profesionales con experiencia en el diseño de espacios públicos para que propongan la mejor solución posible conservando las plataformas 3 y 4 y rediseñando plazoletas, andenes, rampas y escaleras, de manera que estas últimas no se proyecten en forma perpendicular a las plataformas sino paralelas a ellas, para reducir su impacto en el entorno.

f. En el caso de aceptarse y llevarse a cabo esta propuesta, concertar con los vecinos demandantes del proyecto actual la posibilidad de retirar sus demandas para facilitar los procesos jurídicos pendientes.

Enumeración plataformas

Enumeración de las plataformas

María Elvira Madriñán
Silvia Arango
Urbano Ripoll
Carlos Niño Murcia
Alberto Saldarriaga Roa

P.D. Es bueno recordar que la reunión del 19 de noviembre fue promovida por el gobierno distrital, pero del informe original se suprimió un párrafo, que es la esencia del problema: “…este proyecto, tal y como está previsto, es inviable, perjudicial para la administración distrital y causará enormes perjuicios al entorno urbano y a la ciudadanía.”. Como era de esperarse, las recomendaciones poco efecto tuvieron. Urbano Ripoll

 

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